Corporate communication

La recuperación económica de Europa prosigue en tiempos de inestabilidad política

Europa empieza a dar claras muestras de estar progresando; en la mayoría de los países, la situación de los mercados laborales es la más saludable en una década, el número de personas activas y con trabajo nunca había sido mayor, a la vez que la exclusión social disminuye. No obstante, también se trata de un continente en fase de transición, donde el desequilibrio en las oportunidades de prosperidad y de calidad de vida (dependiendo de dónde se viva o de a qué grupo social se pertenezca) determina directamente hasta qué punto se ha percibido esta recuperación.

2017 fue un buen año para una serie de economías europeas: la cifra de personas empleadas o en busca de empleo fue mayor que nunca y la tasa de actividad en la UE alcanzó una cifra inusitada del 73,5 %. El desempleo siguió disminuyendo de manera continuada en el conjunto de la UE, disminuyendo hasta el 7,3 %, e incluso la cuestión perennemente problemática del desempleo juvenil mostró signos de mejoría. 

La recuperación del crecimiento y del empleo contribuyó a un incremento de la renta de muchas personas, lo que se tradujo en una disminución de la sensación de exclusión social y en un incremento del nivel de vida. La cuarta Encuesta europea sobre la calidad de vida (EQLS) de Eurofound reveló una mejoría general en la mayoría de las dimensiones relacionadas con la calidad de vida, la calidad social y la accesibilidad y la calidad de la mayor parte de los servicios públicos, muchos de los cuales recuperaron los niveles previos a la crisis.

Si bien se trata de logros innegables, otras dimensiones del discurso ligado al empleo son motivo de preocupación, como el hecho de que todavía no existen suficientes puestos de trabajo para aquellas personas en busca de un empleo a tiempo completo; que un grupo relativamente considerable de personas ha quedado al margen del mercado laboral y son económicamente inactivas a pesar de que desean trabajar; y que un número importante de trabajadores siguen debatiéndose en una situación de relativa pobreza.  

En algunos Estados miembros del sur de Europa, el crecimiento económico no se ha plasmado aún en una recuperación plena de la crisis financiera de 2008. Como consecuencia de la crisis, el empleo se ha trasladado del sur al norte, siendo Alemania y el Reino Unido los países que han absorbido la mayor parte de los nuevos empleos creados en la UE entre 2008 y 2016. Grecia está lejos de haber recuperado una situación de recuperación sostenible, e Italia y España todavía no han recuperado plenamente los empleos perdidos, pese al crecimiento experimentado recientemente. De algún modo, el motor de la UE para la convergencia, que tradicionalmente ha contribuido a reducir la brecha entre Estados miembros, parece haberse atascado en algunos países, y en el caso de Grecia, podría decirse que se ha parado casi por completo. 

La crisis ha dejado también un legado de trabajadores cada vez más apartados del mercado laboral: casi la mitad de los parados en la UE se encuentra en situación de desempleo de larga duración,  la mayoría de los cuales  llevan más de dieciocho meses en una situación de desempleo. Casi la mitad de los jóvenes desempleados de larga duración han estado sin trabajo durante más de dos años.

Aparte el desempleo, muchos trabajadores desearían trabajar más horas. En 2017, diez millones de personas trabajaban involuntariamente a tiempo parcial. Este fenómeno se concentra en la franja menos capacitada y con salarios más bajos de la actividad económica. En los años que siguieron a la crisis financiera, el 29 % de los trabajadores involuntariamente empleados a tiempo parcial se consideraban «trabajadores pobres». Esta era también la situación del 25 % de los trabajadores por cuenta propia sin empleados.

¿Son las personas realmente más optimistas?

Los que respondieron a la Encuesta europea más reciente sobre calidad de vida mostraron un mayor nivel de optimismo que quienes respondieron a la encuesta anterior, realizada en 2011. Sin embargo, como ilustra el gráfico que figura a continuación, el optimismo fue mucho menor cuando se les preguntó acerca del futuro de sus hijos.
 
En muchos Estados miembros de la UE la ciudadanía es menos optimista respecto al futuro de sus hijos y sus nietos que respecto al suyo propio. Esta tendencia suele ser más acusada en las economías europeas más avanzadas.

A pesar de la mejoría  general, son patentes las disparidades por lo que a la calidad de vida se refiere entre los diferentes grupos sociales, que varían en función del género, la edad, la situación laboral y el nivel de ingresos. También se aprecian diferencias generalizadas entre los diferentes Estados miembros: los países que, en rondas anteriores, habían obtenido las mejores puntuaciones en la mayor parte de los indicadores, también alcanzaron buenos niveles en 2016, mientras que los países con malos resultados no registraron mejoría. 

Si bien han disminuido las tensiones entre la mayoría de los grupos sociales, se perciben tensiones cada vez mayores entre grupos religiosos y grupos étnicos. En 2016, el 38 % de las personas que respondieron a la Encuesta europea sobre la calidad de vida percibían una acusada tensión entre grupos religiosos, lo que significa un incremento de 10 puntos porcentuales en cinco años. Del mismo modo, el 41 % de los encuestados perciben un elevado grado de tensión entre grupos étnicos, cuatro puntos porcentuales más que en la encuesta anterior. 

Falta claridad por lo que se refiere a la inmigración en Europa, y a veces existe una desconexión entre las pruebas y la percepción pública.  En un informe especial del Eurobarómetro publicado en abril de este año se constató que una minoría (37 %) de europeos se consideran bien informados sobre cuestiones relacionadas con la inmigración y la integración, y que los encuestados tienden a sobrestimar considerablemente el número de inmigrantes de terceros países presentes en Europa. No hay duda de que la integración de los inmigrantes y de los refugiados es una cuestión que cobra cada vez mayor importancia a nivel político y social en Europa.

A medida que la calidad de vida y la sociedad han ido mejorando en diversos aspectos, también lo ha hecho la confianza en las instituciones nacionales de numerosos Estados miembros. La confianza en los gobiernos nacionales se ha recuperado hasta alcanzar los niveles anteriores a la crisis en la mayoría de los países, pero la confianza en la UE —tradicionalmente mayor que la confianza en los gobiernos nacionales— ha seguido estancada. Además de la previsible disminución de la confianza en la UE señalada por los ciudadanos del Reino Unido y de Grecia, también en otros países, como Italia y Francia, que tradicionalmente figuraban entre los más eurófilos, se registraron niveles preocupantemente bajos.

Da la sensación de que, aun cuando la UE avanza en su conjunto, un menor optimismo a largo plazo, los desequilibrios entre países y grupos sociales y la preocupación por la seguridad, entre otros factores, han sembrado dudas respecto a la capacidad de la UE para garantizar un futuro mejor. Dado que Europa ha perdido peso en el mundo y que disminuye el porcentaje que representa dentro de la población mundial, no cabe duda de que la cooperación plurinacional es la forma más sensata de avanzar, pero la historia nos enseña que los períodos de integración suelen ir seguidos de períodos de desagregación geopolítica. Si la UE no logra convencer a la sociedad de su capacidad para aportar beneficio a todos y para eliminar las brechas que dividen a los países y a los ciudadanos, muchos podrían dirigir su atención hacia las promesas populistas y nacionalistas, ignorando las lecciones del pasado.

Regreso a la Europa social

En el año 2017 se celebraron los 60 años de la firma del Tratado de Roma. Al cabo de medio siglo, la UE ha logrado garantizar la paz y la libertad en Europa, un logro notable que con excesiva frecuencia no valoramos en su justa medida. Si bien la perspectiva de guerra y conflictos, así como de retos para la democracia, han ido perdiendo gradualmente terreno en la conciencia de los europeos, los ciudadanos en la actualidad piden y desean más. Los objetivos consisten en una prosperidad tangible y una mayor igualdad entre países y entre ciudadanos, valores muy asociados al denominado modelo social europeo. 

La UE lo ha entendido y ha vuelto a colocar formalmente a la Europa social como la primera prioridad en su agenda. El pilar europeo de derechos sociales —proclamado en la Cumbre Social de Gotemburgo en noviembre— es clara prueba de ello. Su objetivo consiste en reequilibrar las prioridades sociales y económicas de la UE para garantizar la prometida «triple A social» en toda la Unión. 

La aplicación efectiva se ha convertido ahora en la prioridad de la UE, los Estados miembros, los interlocutores sociales y todos los agentes políticos. Se necesitan pruebas empíricas sólidas sobre las que asentar las prioridades y diseñar mejores políticas que lleguen a todos los países y a todos los grupos sociales. El programa de investigación de Eurofound Hacia una mayor convergencia tiene por objeto aportar conocimientos que apoyen la traducción en la práctica de los principios del pilar en políticas y prácticas que permitan mejorar la realidad cotidiana de los ciudadanos europeos. El objetivo de estas políticas debe consistir no solo en mejorar las vidas de las personas que viven y trabajan en Europa, sino en fomentar un progreso equilibrado que no deje descolgados a países ni a grupos individuales, y garantizar que los más vulnerables también pueden esperar vidas prósperas y seguras a largo plazo para sus hijos y para sus nietos.

Leer más:

Useful? Interesting? Tell us what you think. Hide comments

Eurofound welcomes feedback and updates on this regulation

Añadir nuevo comentario